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26 de octubre de 2008

David Foster Wallace [2]

A continuación el texto completo del discurso de graduación dado por David Foster Wallace en el Kenyon College en 2005.


Cualquier comentario o corrección, pueden escribirme al correo que aparece en mi perfil.


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Saludos y felicitaciones a la generación 2005 de Kenyon College. Érase dos peces jóvenes que nadaban juntos cuando de repente se toparon con un pez anciano, que los saludó y les dijo, "Buenos días, muchachos ¿Cómo está el agua?" Los dos peces jóvenes siguieron nadando un rato, hasta que eventualmente uno de ellos miró al otro y le preguntó, "¿Qué demonios es el agua?"

Esto es algo común al inicio de los discursos de graduación en Estados Unidos: el empleo de una pequeña parábola con un fin didáctico. Esa cosa resulta ser una de las mejores convenciones del género y lo menos mierda, pero si te has empezado a preocupar de que mi plan sea presentarme como el pez sabio y viejo que le explica a los peces jóvenes lo que es el agua, por favor no lo hagas. Yo no soy el pez sabio y viejo. El punto de la historia de los peces es simplemente que las realidades más importantes y obvias son a menudo las más difíciles de ver y explicar. Enunciado como una frase, por supuesto, suena a un banal lugar común, pero el hecho es que las banalidades en el ajetreo diario de la existencia adulta pueden tener una importancia de vida o muerte, o así es como me gustaría presentarlo en esta mañana limpia y encantadora.

Por supuesto que el principal requisito en discursos como éstos es que hable sobre el significado de la educación en humanidades y que intente explicar por qué el título que estás a punto de recibir posee un verdadero valor humano, en vez de tener una simple remuneración material. Así que mencionaremos un lugar común al inicio de los discursos, el cual dice que la educación en humanidades no es tanto llenarte de conocimiento sino “enseñarte a pensar”. Si eres como yo alguna fui de estudiante, nunca hubieses querido escuchar esto, y te sientes insultado cuando te dicen que requeriste de alguien que te enseñara a pensar, porque como fuiste admitido en la universidad precisamente por esto, parece una evidencia de que ya sabía cómo hacerlo. Pero voy a proponerte que el lugar común de las humanidades no es para nada insultante, porque la verdadera educación de importancia –que se supone logramos en un lugar como éste– no vendría a ser la capacidad de pensar, sino la elección de cómo decidimos pensar.

Veinte años después de mi propia graduación, he llegado a entender que ese lugar común en las humanidades, es efectivamente una versión abreviada de una idea más profunda y seria: de hecho, enseñarte a pensar significa aprender a ejercitar un cierto control sobre cómo y qué pensar de las cosas. Significa estar consciente y suficientemente alerta para elegir a qué prestarás atención y para elegir la forma en que construyes el significado de las experiencias vividas. Porque si no puedes ejercitar esta clase de elecciones en tu vida adulta, estarás completamente condenado. Piensa en el viejo lugar común de que “la mente es un excelente sirviente pero un terrible amo”.

Esto, como muchos lugares comunes, en apariencia tan poco convincente y carente de atractivo, expresa una verdad enorme y terrible. Para nada es una coincidencia que los adultos que se suicidan con armas de fuego casi siempre se disparan a la cabeza. Balacean al terrible amo. La verdad es la mayoría de estos suicidas ya estaban muertos mucho tiempo antes de jalar el gatillo.

Yo propongo que este es el valor real y sin mierda de lo que se supone es tu educación en humanidades: Cómo evitar que una vida adulta confortable, próspera y respetable la pases muerto, inconsciente, esclavo de tu cabeza, alejado de tu predisposición natural de mantenerte únicamente, completamente e imperialmente solo día tras día. Esto puede sonar como una hipérbole, o como un disparate abstracto. Se los digo de manera directa: llanamente ustedes como graduados no tienen aún la mejor idea de lo que significa el “día a día”. Ocurre que ahí está toda, o partes, de la vida adulta estadounidense de la cual nadie habla en los discursos de graduación. Una de esas partes involucra el aburrimiento, la rutina, y la frustración mezquina. Los padres y la gente grande que está aquí conocen muy bien de lo que estoy hablando.

Para ejemplificar, digamos que es un día adulto promedio, en uno donde te levantas por la mañana para ir a tu trabajo –desafiante, de cuello blanco y post universitario– a laborar muy duro durante ocho o diez horas, donde al final de ese día te encontrarás cansado y un poco estresado. Todo lo que desearás es ir a tu casa y comer una rica cena, quizá relajarte una hora, y luego irte a la cama temprano porque, por supuesto, tienes que levantarte al día siguiente a hacer de nuevo todo lo anterior. Pero entonces te acuerdas que no hay comida en la casa. No habrás tenido tiempo de hacer las compras esta semana debido a tu desafiante trabajo. Por eso, saliendo del trabajo, tendrás que subirte a tu auto y manejar hasta el supermercado. Es el final de un día entre semana y el tráfico estará predeciblemente horrible. Así que llegar al supermercado te toma más tiempo de lo debido. Cuando finalmente llegas ahí, te das cuenta de que está abarrotado, porque, por supuesto, es la hora del día cuando todas las demás personas que trabajan también intentan colarse para hacer sus compras. La tienda está terriblemente iluminada y con una música de fondo que aletarga tu espíritu. Quizá es el último lugar en el que quisieras estar, pero no puedes hacer tus compras de entrada por salida. Tienes que recorrer todos los enormes pasillos de la tienda para encontrar las cosas que necesitas y tienes que manejar el destartalado carrito de la tienda a través de todas esas personas cansadas y apuradas con sus carritos (etcétera, etcétera, reduzco todo el proceso porque esta es una larga ceremonia). Eventualmente consigues todos los productos que te alimentarán, excepto que ahora te das cuenta que no están abiertas todas las cajas de pago a pesar que es el momento más ajetreado al final del día. Así que las líneas son increíblemente largas, lo cual es estúpido y también motivo para enfurecerte. Pero no puedes descargar tu ira con la ajetreada cajera, la cual se encuentra explotada en un trabajo cuyo tedio diario e insignificancia sobrepasa la imaginación de cualquiera de nosotros aquí presentes en esta prestigiosa universidad.

Pero como sea. Finalmente te atienden en la caja, pagas tu comida, y te dice la cajera, "que le vaya bien" con una voz que es la voz misma de la muerte. Luego tienes que llevarte las horripilantes y delgadas bolsas del mandado en un carrito loco que siempre se mueve hacia la izquierda, hasta el estacionamiento sucio, atestado y lleno de baches, para luego manejar de regreso a tu casa en una hora pico lenta, pesada, plagada de SUVs, etcétera, etcétera.

Todos los que están aquí han hecho esto, por supuesto. Pero aún no es parte de tu verdadera rutina de graduado, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año.

Pero lo será. Aparte de otras rutinas más pavorosas, molestas y aparentemente insignificantes. Pero ese no es el punto. El punto es que en esa basura mezquina y frustrante es donde entra en juego la labor de elegir cómo pensar. Porque el tráfico vehicular, los pasillos atestados y las largas filas para pagar me dan tiempo de pensar. Porque si no quiero hacer una elección consciente sobre cómo pensar y a qué debo prestar atención, estaré enfadado y me sentiré miserable cada vez que tenga que hacer mis compras. Porque mi predisposición natural es pensar que, en situaciones como éstas, yo soy el único que debería importar ya que está de pormedio mi hambre, fatiga y deseo de regresar a casa, con lo que pareciera que todo el mundo interfiere en mi camino. ¿Y quiénes son todas estas personas en mi camino? Miras lo repulsivo que son la mayoría de ellos, lo estúpido, intimidados, cuasimuertos e infrahumanos que aparentan estar mientras los ves en la línea de cobro, y lo molesto y grosero que es cuando la gente habla ruidosamente por sus celulares cuando está en la fila. Miras lo profunda y personalmente injusto que es esto.

Por supuesto, si estoy en una predisposición natural más socialmente consciente, puedo pasar mi tiempo en el tráfico al final del día disgustado por las enormes, estúpidas y bloqueacalles SUVs, Hummers y pickups que despilfarran egoístamente más de 40 galones de gasolina, puedo pensar en que las pegatinas patrioticas o religiosas siempre parece que están en los vehículos más grandes, repugnantes y egoístas, conducidos por los conductores más feos, desconsiderados y agresivos (aunque este es un ejemplo de cómo NO pensar). Puedo pensar en lo todo lo que nos despreciarán los hijos de nuestros hijos por gastar todo el combustible del futuro, en que probablemente arruinaremos el clima, en cuán chiples, estúpidos, egoístas y despreciables somos, y en la miseria de la sociedad moderna de consumo, etcétera.

Ya te das una idea.

Si eliges pensar de esta manera en tu camino al supermercado y mientras manejas, está bien. Muchos de nosotros lo hacemos. Excepto que pensar de esta forma tiende a ser tan sencillo y automático que ni siquiera se nos presenta como una opción. Es nuestra predisposición natural. Es la manera automática en que experimentamos las partes aburridas, frustrantes y abrumadoras de la vida adulta cuando funcionamos en la creencia autómatica e inconsciente de que somos el centro del universo, y cuando creo que mis necesidades e inmediatas son lo que deberían determinar las prioridades del mundo.

El chiste es que, por supuesto, hay modos completamente diferentes para pensar esta clase de situaciones. Dentro de todo ese tráfico, en esos vehículos detenidos que están en mi camino, no es imposible que algunas de esas personas en las SUVs hayan estado en terribles accidentes automovilísticos en el pasado, y que ahora encuentran la experiencia de manejar tan aterradora que sus terapistas les ordenaron que compraran una SUV enorme y pesada para que se sintieran seguros al manejar. O que en esa Hummer que me cortó el paso quizá sea manejada por un padre cuyo hijo a un lado suyo está herido o enfermo, e intenta llevarlo al hospital, por lo que él estaría en un apuro más apremiante y legítimo que el mío: de hecho sería yo quien se estaría interponiendo en su camino.

O yo mismo puedo, como elección, obligarme a considerar la posibilidad de que todos los demás en la línea de cobro están tan aburridos y frustrados como yo, de que algunas de estas personas probablemente tienen vidas más duras, tediosas y dolorosas que la mía.

De nuevo, por favor no creas que te doy consejos morales, o que estoy diciendo que tengas supuestamente que pensar de este modo, o que cualquiera espere que hagas automáticamente esto. Porque es difícil. Se requiere de voluntad y esfuerzo, y si eres como yo, algunos días no serás capaz de hacerlo, o simplemente no desearás hacerlo.

Pero en la mayoría de los días, si estás alerta lo suficiente para darte la oportunidad de elegir, puedes decidir mirar con una perspectiva diferente a la señora gorda, cuasimuerta y sobremaquillada que le gritó a su hijo en la línea de pago. Quizá ella no se comporta habitualmente de esa forma. Tal vez ha estado tres noches seguidas sosteniendo la mano de su esposo desahuciado de cáncer. O quizá esta señora sea la empleada peor pagada en el departamento de vialidad, la cual ayer ayudó a tu esposa a resolver un problema horrendo, exasperante y burocrático por medio de un pequeño acto de bondad. Por supuesto, todo esto es improbable, pero tampoco es imposible. Sólo depende de qué quieras pensar. Si estás automáticamente seguro de saber lo que constituye la realidad, y estás operando en tu predisposición natural, entonces tú, como yo, probablemente no consideres posibilidades que sean molestas o que contemplen la miseria humana. Pero si realmente aprendiste a poner atención, entonces sabrás que hay otras opciones. Estará dentro de tu voluntad experimentar un escenario atestado, caluroso, lento y consumista no sólo como algo significativo sino incluso como sagrado, alumbrado con el fuego que produjo a las estrellas: el amor, la fraternidad y la unidad mística de todas las cosas en su profundidad.

No es que todo este rollo místico sea necesariamente cierto. Lo único que es una verdad con mayúsculas es que tú tendrás que elegir cómo quieres ver la realidad.

Éste es el verdadero valor de la educación real, la cual casi nada tiene que ver con el conocimiento, y que casi consiste en un simple estado de alerta. Alerta ante lo que es tan real y esencial, tan oculto a simple vista alrededor de nosotros, a todas horas, que tenemos que recordarnos constantemente una y otra vez:

"Esto es agua".

"Esto es agua".

Es inconcebiblemente difícil hacer esto: mantenerse consciente y vivo en el mundo adulto del día a día. Lo que significa que otro gran lugar común resulta ser cierto: Que la educación verdaderamente es el trabajo de toda tu vida. Y comienza: ahora.

Les deseo mucho más que buena suerte.



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Texto original en : Remembering David Foster Wallace [ENG]